“Estamos aquí para dar gracias por su vida y por su legado”. Así comenzó ayer Kike Figaredo, obispo de Battambang (Camboya), la misa para despedir a su madre, Ana María Alvargonzález, fallecida el pasado 13 de junio a los 96 años. La celebración tuvo lugar en una basílica del Sagrado Corazón llena de acuerdo a los nuevos aforos. Un templo del que tanto la mujer, como su también difunto marido, Alberto Figaredo, eran “muy fieles y devotos”, como explicó su hijo, encargado de oficiar la eucaristía, a la que asistieron también sus hermanos Alberto, Javier, Ignacio, Nicanor, Víctor y Ana. También estuvieron presentes la viuda de Carlos, el único hermano fallecido, y primos de los Alvargonzález-Figaredo, como Mari Carmen, Dominica, Jorge, Victoria, Romualdo y Cecilia, así como nietos de la difunta.

Hace días, aseguró que a su madre le debía su forma de entender la vida: «Ambos intentamos vivir para los demás, pero con profundidad interna». Doña Ana comunicaba vida y ganas de vivirla. Falleció a los 96 y «ahora ya se ha encontrado con papá». Estuvo casada 60 años con el industrial gijonés Alberto Figaredo y Sela, del que había enviudado en 2006. El matrimonio tuvo ocho hijos -siete varones y una mujer- que le dieron 16 nietos.

Kike Figaredo, venido desde Camboya para poder despedir a su madre, quiso recordar al inicio que el acto no se trataba de un funeral, el cual ya se había celebrado en San Julián, iglesia de Somió, sino de una “misa de acción de gracias por nuestra madre Ana”. Ana Figaredo, hermana del Obispo, fue la encargada de la primera lectura y el salmo, ambas basadas en la acción de gracias en la que Figaredo tanto insistió. En su homilía, el jesuita quiso destacar “los valores de la familia, la ternura y la capacidad de gestión que mis padres, Tito y Ana, siempre nos han enseñado”. “Para todos nosotros siempre han sido el camino, la verdad y la vida”, dijo.

Figaredo estuvo acompañado en la celebración por seis curas amigos de la familia, entre los que se encontraban Fernando Fueyo, capellán del Sporting; Manuel Robles, rector de la basílica; y Luis Muiña, párroco de San Julián de Somió. El Obispo describió a su madre como una mujer con gran “capacidad para la acogida”, una característica que ilustró recordando sus viajes a Camboya: “Siempre traía alegría, cariño y cuidados”.

Su nieta Teresa Figaredo, hija de Carlos, fallecido en 2007, pronunció unas palabras de agradecimiento. «Era una mujer fuerte, segura sensible y plena de cariño», resaltó ante los numerosos familares y allegados que daban calor al acto de despedida con su presencia. «Se fue de una manera elegante y discreta, y con una vida llena de familia, amor y alegría», concluyó.

Kike Figaredo recordó en su homilía que «la hoja de servicios» de su madre «es insuperable por albergar vida, alegría y esperanza». Aprovechó también para mandar un mensaje solidario entre los feligreses. «Merece la pena vivir ayudando a los demás porque hace que tu vida sea más plena. No debemos olvidarnos de ayudar a los más necesitados», expuso.

El jesuita adaptó una parte de la celebración, el gesto de paz, al rito camboyano. La eucaristía concluyó con los familiares recibiendo un saludo austero, para mantener las medidas de seguridad, de los conocidos y amigos presentes, acompañado del himno de Covadonga. En los próximos días el obispo de Battambang regresará a Camboya para continuar con su misión apostólica.

Fuente: El Comercio y La Nueva España,
Fotografía y vídeo producción propia.

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